Cuando el estado de alerta debe ser permenente, toda la vida y las cosas se subvierten. Todo deja de ser normal. Vivimos en un estado de emergencia permanente. Ya no son los milicos, es cierto. Ya no es la Dictadura, es la Dictablanca. Es la ceguera blanca de que habla Saramago. Un permanente confinamiento a nuestros hogares frente a un teclado, escuchando la música desde internet, comentando música y libros en lo que debiera ser una reunión en la casa de mis amigos, pero no, estoy en casa nuevamente, la casa de mis padres de la que aún no soy capaz de arrancar. Hay que pasar la cesantía en provincia. La Tierra Prometida no es estimulante, son unos metros cuadrados de Paz Froimovich. Y ni siquiera (¡oh, que pesadilla!). Una casa antigua en el barrio Yungay o en el Brasil, más bien “periféricos, pero centrales” lejos de cualquier Líder, lejos de cualquier lugar en que se ocupe dinero plástico y, esos malditos billetes de dos lucas que tienen la gracia de llevar impreso a Manuel Rodríguez y esas monedas de cien que de poco sirven. Y aparecen justo ahora que es cuando más se ha reprimido al pueblo mapuche, en una cotidiana ironía, que pocos saben ver y sentir.
Ha sido un otoño fome. Todavía no llega “lo bueno”. La contaminación, el hambre, el frío, la inflación, los precios de los alimentos, la alimentación precaria. Es cierto, nadie se muere de hambre, al contrario, los niños mueren obesos, no salen de sus casas, no salen a jugar porque la calle es peligrosa. Una salida a un lugar seguro parece un viaje interestelar, para terminar de vuelta en casa con una cajita feliz y los bolsillos vacíos y los cerebros gastados en el arte de no hacer nada, de tirarse en la cama y levantarse mañana a pensar que de nuevo hay que sobrevivir y que igual habré de girar la tarjeta del banco, y vivir amortizando las cuotas de los créditos. El peor es el Crédito Universitario (el “solidario”) que aumenta en intereses de manera escandalosa y que no puedo pagar.Es más la deuda en intereses que el arancel original y ninguna de las promesas cumplidas al final del día. Es cierto que aún no comienzo mi Memoria de título, pero díganme cuándo ,si hace años que voy de médico en médico (particular) y cada día sé que son unos matasanos, que nunca estás segura y que debes confortarte por no haber perdido una mano por la ignorancia supina de algún médico de pueblo. La historia se llama El Enfermo Imaginario y el Médico a Palos. En fin. Y ni hablar.
Nos dijieron que iba a ser difícil y dijimos No Importa, Seguiremos nuestro Ideal ( y estudiamos, pedagogía, arte, antropología,sociología,trabajo social, psicología, historia,etc.) pero otra cosa es con guitarra y aunque siento que somos privilegiados, somos violentados en la misma medida de nuestros privilegios. Es una ceguera blanca, que de tan resplandeciente ciega, porque las pasiones sólo pueden surgir de la oscuridad, estamos alumbrados como conejos. aparecemos en la red, en la tele, en los mensajes publicitarios. Somos señalados, como la eterna emergente clase media que no se puede liberar de su historia reciente. Cargamos con el miedo y los terrores de nuestros padres. Qué es eso de que la generación de las ochenta es la última generación cuerda. Si son los hijos nuestros las que han venido después, inclusive como fantasmas pululan los que no han podido nacer ni engendrarse ni anidarse, la generación precaria, flotante, es estado de emergencia permanente (suenan las alarmas, tápense los oidos y escuchen música).
Aurora
Etiquetas: cesantía, clase media, crédito solidario, emrgencia permanente, endeudamiento, flotantes, memoria, miedo, profesionales, promesas, trabajadores
Julio 16, 2008 a las 10:36 am |
Tener problemas económicos
son un pelo de la cola
claro que cuando no se tiene
ni un pan
sobre la mesa
es un atentado de grueso calibre
a la dignidad
de la dueña de casa
y a todos sus hijos
que andan cagàos
de hambre
a poto pelào por el patio de la vivienda.